Felicidades Imperio   4 comments

Érase una vez un hada que tenía entre los nombres humanos un nombre muy largo Era el Hada Que Animaba Los Objetos Y Seres Inanimados, aunque en el lenguaje de las hadas se llamaba Yopillo, que era un resumen de lo que quería decir todo eso.

 

Donde quiera que fuera Yopillo era la alegría de la casa o del lugar. Los tenedores hablaban con las cucharas, tratándolas de doña, y hasta las pelusas tenían su lenguaje particular, pues se arremolinaban entre ellas para hacer sufrir a quien limpiara. Si la lavadora se estropeaba, Yopillo,  con una orden, hacía que volviera a funcionar, aunque las planchas eran de la tropa rebelde y se quedaban sin calentar, echando chispas como protesta al no querer decir nada, y aquello era un comprar de planchas continuo. También la gente con la presencia de Yopillo se animaba, le salía una risa del pecho así como tonta, de esa que sale sin saber por qué y se marchaban también contentos sin saber la causa, porque Yopillo aunque era todo animar y alegría, para eso era muy discreta.

 

Un buen día, sin motivo aparente, Yopillo no pudo animar a los objetos y seres inanimados, ya que ella misma estaba desanimada, y ellos se quedaron en silencio. Sus alitas de hada empezaron a perder el lustre que consiguió su abuelo a base de mucho frotar. Yopillo lloraba perlas de cristal con las que se iba haciendo un collar hermoso, pero tan grande que apenas la dejaba desplazarse. Los objetos inanimados ya tenían agujetas de estarse quietos esperando a Yopillo. No podían moverse, sin embargo susurraban entre ellos como si fueran viejas cotillas, preguntándose qué le habría pasado a su hada. Las toallas también echaban de menos esa mano firme que las hacía permanecer lisas y coquetas, y comenzaron a arreguñarse disimuladamente en los cajones. El poto del salón se quedaba alicaído pues no oía aquellos cantos riojanos que cantaba el Hada para hacerla crecer. La vecina de arriba, la que tiraba migas, seguía tirándolas pero ya no recibía aquella voz que la regañaba, y las tiraba pero sin ganas, y se volvió taciturna al no tener alguien que le animara el día y como no tenía con quien discutir lo hacía con todo el barrio, poniendo de mal humor a todos, volviéndose el barrio gris. La lluvia se volvió reticente a caer porque los charcos le contaban que ya nadie los pisaba y hacía salpicar como el Hada,  y las nubes, tristes, se volvieron a las montañas para hacer pequeños ríos como quien hace ganchillo sin mirar. La ola de mal humor se fue extendiendo, y nadie sabía por qué todo el mundo estaba de mala leche. Entonces también sucedió que meteorólogos estudiaron el origen de la falta de lluvia y dieron con que el epicentro de la causa estaba en casa de Yopillo echándole la culpa del cambio climático. Periódicos del mundo tenían en portada la cara de Yopillo, que no paraba de echar perlas de cristal y ponían en sus titulares “El Hada Desanimada acaba con el mundo”. Las televisiones hacían eco del suceso a escala mundial y los políticos decidieron que algo tenían que hacer, así que la sentaron en el banquillo de los acusados, sin saber muy bien de qué acusarla.

 

El día del juicio pudo ir Yopillo a duras penas, pues cuanto más triste estaba más perlas había en su collar. El fiscal del Estado tomó la palabra.

-Señoría, acuso a este Hada de alejar las nubes-. Entonces por la cara de Yopillo se deslizó otra perla y la gente lo vio por la televisión y en la calle se pudo oir claramente un “Ohhhh”. Y cuánto más acusaban a Yopillo más perlas había y el mundo, desde su casa, se dio cuenta de lo triste que estaba y de lo tristes que estaban ellos y que ella no tenía la culpa. Entonces, y sin haberlo preparado, hubo una manifestación silenciosa que se dirigió al juzgado. Uno a uno, fueron cogiendo perlas del collar de Yopillo compartiendo toda su tristeza, dejándola ligera para empezar de nuevo. Y Yopillo quiso de nuevo llorar, pero no pudo, porque ya le había entregado cada perla a aquel que le correspondía, pues sin saberlo, había llorado por cada uno de ellos, por sus desdichas, pues sus antenas recogían todas las tristezas del mundo, que eran muchas.

 

Cuando volvió a casa había personas allí reunidas para intentar animarla. Al principio muchos no le hacían ni gracia, pues desafortunadamente eran poco graciosos la mayoría. No obstante fue agradeciendo el empeño de cada uno y se fue animando y ya no era el Hada Desanimada, volvía a ser el Hada Que Animaba Los Objetos Y Seres Inanimados. Los tenedores y cucharas volvieron a bailar bailes de época tratándose de Usted y los platos se colocaban solos en la mesa. La plancha decidió no estropearse y la lavadora giraba el bombo sin parar, provocando una música extraña y divertida, “bom bom bom”. Las toallas hacían pases de modelos para ver quien estaba más estirada. Las pelusas se arremolinaron más que nunca y salieron solas por la ventana, mezclándose con las migas de la vecina. Se mojaban con la lluvia que caía a raudales. Las nubes preparaban muchos charquitos que deseaban ser pisados, pues se veía al poto asomarse por la ventana, anunciando con una sonrisa (que solo el poto tiene) que Yopillo volvía a cantar jotas riojanas.

 

P.d. Y la que aquí suscribe, con una perla en las manos, ve como el mundo es mejor,  tan solo con que alguien que es importante para mí, se alegraba.   

   

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Publicado 17 noviembre, 2012 por puck en Sin categoría

Pena de amor.   2 comments

Estrella paró una sola vez en la eternidad, tan solo una enésima de segundo. Chocó contra un gran meteorito y estalló, repartiendo un poco de su gran envergadura en miles de estrellas más. Bebé Estrella nació en un instante. Estaba exultante, cerca de la travesía de su Madre que, aunque era algo más pequeña después de la enorme colisión, hacía sentir su claridad y su calor. Se sentía protegida, bañada en la incandescencia. No obstante las leyes del Universo eran más fuertes, la impulsaban hacia un devenir diferente y, poco a poco, fue alejándose para encontrar entre aquellas mareas de energías su propio camino.
Se adentró en la negrura. No resplandecía nada más que su propia luz. Aunque Bebé Estrella tenía energía suficiente para brillar varios eones, titilaba con el frío. Avanzaba en la oscuridad, experimentando la compañía de la soledad. Así estuvo mucho, mucho tiempo, aunque pequeño intervalo en la vastedad. Se dejaba llevar por aquel empuje implacable que marcaba su sendero. Sin saberlo, iba alimentándose de cada espacio por donde erraba. Por fin, casi cuando estaba ya acostumbrada a su marcha solitaria, casi dormida, divisó una lejana nebulosa a la que afortunadamente iba acercándose. Era más grande que ella, con muchas otras estrellas con las que podía ir comunicándose sin perder el rumbo que seguía. Sintió el calor de todas, diferente, pues cada una emanaba luz de distintos colores, con matices y, sin darse cuenta, iba impregnándose de cada uno de ellas, de sustancias, ligeras materias, que la hacían asemejarse a aquella nebulosa de peculiares tonalidades. En silencio, tal y como se comunican las esencias del cosmos, partió, dejando un poco de sí misma como agradecimiento para aquellas otras estrellas que, correspondiendo, tomaron aquella naturaleza para ellas. Después de salir de allí, Bebé estrella no admitía otra vez la soledad. Fue rozándose, desgastándose contra el universo, acariciando el vacío con rayos de colores, propios y prestados, en señal de despedida. Dejando su brillo en el camino, de deshizo en lágrimas de luz.

Marino nunca pasó de ser un marinero, sin embargo, detrás del humo de la pipa y de aquella mirada profunda que parecía mirar al horizonte, se adivinaban muchas historias de la mar. Solía permanecer inmutable, lo que aumentaba su misterio. Algunas veces salía de su ensimismamiento, empezaba un relato y los chiquillos se le arremolinaban alrededor. El dueño del bar pensaba que algunas eran de verdad, otras exageradas y otras inventadas, pero no parecía importar demasiado, los niños escuchaban con curiosidad y los adultos, aunque disimulaban, iban callando y prestaban atención.
Sus ojos brillaban y se mesó la barba, señal de que comenzaba en su memoria el principio de una aventura.

“Una vez, en uno de mis largos viajes en el Atlántico Norte, cuando aún existían grandísimos bancos de peces, mis compañeros y yo nos afanábamos en recoger la red llena de abadejos. No nos dimos cuenta de que en aquella red también había un pez lobo, que estuvo cerca de atrapar mi brazo en sus mandíbulas, quedándose con un trozo de mi ropa entre sus dientes. Hizo que trastabilleara, con tan mala fortuna que, estando al borde del barco, caí en aquel frío mar perdiendo el conocimiento. Antes de cerrar los ojos, pude ver un brillo por debajo de mí.
Cuando pude recuperarme, algunos marineros aseguraban haber visto un delfín que empujaba impidiendo que me hundiera. Sólo podía recordar aquella luz que parecía provenir del mismo fondo del mar.
Una noche de luna llena no podía dormir y salí del camarote al exterior. El vigía abrió un poco los ojos y cuando vio que era yo siguió dormitando. El mar estaba en calma y la luna se reflejaba en el espejo del agua. Era una noche bella y tranquila, tan solo se oía el tintineo de las roldanas en los mástiles, mecidas por el suave vaivén. El arrullo del sonido me transportaba al mundo de los sueños, y cerrando los párpados se fue transformando en un canto que entraba por mis oídos y llegaba hasta mi corazón, produciéndome una sensación hermosa como no había conocido antes. De repente, sentí temor ante esa percepción nueva, y abrí los ojos de golpe. Vi como si la luz de luna, en vez de desperdigarse entre las olas, se concentrara en un solo punto, similar a la imagen de una fotografía. Sin embargo, pronto me percaté de que no era la luna. Un punto móvil se aproximaba despacio hacia mí. Al principio me pareció un gran pez que movido por la curiosidad se acercaba al barco. Despedía brillos intermitentes y delicados. Yo le observaba hipnotizado, sin poder mover un músculo ni apartar la mirada. Fue asomando en el agua lentamente. Una cabellera dorada como el oro y, aun estando húmeda, ensortijada, descubría una faz apacible y radiante. Unos ojos de mirada tierna, limpia, más allá de lo humano, me observaban. Su nariz y boca eran perfectas, similares a estatuas de diosas griegas. El rostro alargado, no podría asegurar que edad tendría, hacía presentir una juventud eterna. Atraído por una fuerza sobrenatural extendí mis manos para tocarla. Entonces, como tímida, retrocedió sonriendo. Sé que de alguna forma me dijo adiós, pero no recuerdo cómo. Sé también que la conocía, me producía la misma sensación familiar que cuando apareció la luz que me salvó.
A partir de aquel momento, en ese viaje, los marineros decían que estaba embrujado. No podía atender las labores del mar, me quedé estático, sin hablar, sin comer, sin beber. El capitán resolvió que habíamos pescado mucho y que podíamos volver a casa. Supongo que no pudo ni enfadarse, pena debí darle.
Costó tiempo recuperarme, o no sé si lo hice alguna vez, pues en mis ratos libres buscaba en el mar aquella sirena que concentró en un instante mucha de la felicidad de mi vida”.

Sirena nació de una lágrima de cristal que llevaba colgada con un alga verde al cuello. Las sirenas lloran pocas veces, cuando lo hacen es de una pena de amor por un marinero, y por ese amor lloran lágrimas de cristal de las que nacen otra sirenas. Moraba en las profundidades de forma solitaria, pues no era como las demás. Las otras siempre estaban intentando atrapar marineros con dulces cantos y a ella no le gustaba, pues le parecía usar sus facultades con ventaja frente a otros que no las poseían. Se alejó mucho y encontró grandes abismos donde profundizar y delfines con los que jugar. Sirena nunca salía al exterior, al aire, pues su mar le parecía más bello.
Una vez, jugando con sus amigos, tuvo que acercarse mucho. Alguien cayó de uno de esos objetos que usaban los humanos para flotar. No había visto nunca un humano tan de cerca, pues cuando los presentía se alejaba por temor a que le atraparan entre redes. No parecía peligroso, solo indefenso en el inmenso mar. Tuvo intención de irse, pero se sintió atraída y se acercó. Pudo ver sus ojos abiertos durante unos segundos. Eran unos ojos claros, asustados. Se cerraron y su cuerpo empezó a hundirse. El corazón de Sirena palpitaba rápidamente. Un sentido de protección escondido era más fuerte que ella. Él no se movía. Ella le recogió antes de que siguiera hundiéndose. Le acarició el pelo oscuro, la frente, la cara, la suave barba, sintiendo aún su calidez. Había estado tan sola, no se había dado cuenta hasta ese momento, cuando percibió el contacto de piel con piel. Sirena, sin pensar, tomó una decisión. Usó el poder que tienen las sirenas de insuflar vida y, aproximando sus labios contra los de él, le entregó esa vida que salía de las mismas profundidades de su corazón. Sabía que de aquella forma siempre estarían unidos, pues le había entregado parte de sí misma, sus mismas ganas de vivir. No quería haberlo hecho, pero lo hizo sin más. Se alejó, sabiendo que aquel marinero la buscaría y ella desearía estar con él. No pudo evitar ir a verle, una sola vez, solo una.

Marino tuvo su último sueño. Soñaba, casi constantemente, que tenía un largo viaje, lleno de dificultades, de buena o mala pesca, o simplemente dirigía el timón hacia el horizonte mientras se desataba una tormenta o navegaba hacía un fulgurante sol. Esta vez se encontraba en un gran barco, y en el le esperaban distintos compañeros de diferentes generaciones y viajes. Todos ellos sonreían y se despedían. Él iba abrazando a cada uno, sabiendo en su interior que era también la hora de marchar. Los capitanes se reunieron, hablaron, y el más longevo se acercó y le dijo: “Ya es la hora. Está aquí”. Al oír esto, los marineros miraron todos hacia estribor. Marino corrió hacia allí y vio a Sirena, esperándole con una sonrisa radiante. Le tendía la mano y él descendió descolgándose para tomarla entre las suyas. Sirena le llevó a su mar.

Una noche oscura Marino dormía en su cama. A la vez que una sonrisa llena de paz iluminaba su cara, una enorme estrella fugaz que moría cruzaba el cielo de lado a lado, alumbrando el ancho mar, dejando ver una pequeña luz en sus profundidades. De una lágrima de cristal nacía una diminuta sirena, hija de una pena de amor que ya había terminado.

Publicado 10 abril, 2012 por puck en Sin categoría

Fragilidad   3 comments

Furtivamente roba la existencia
un bello y antiguo reloj exánime.
Se la lleva en reducidos segundos,
de manera lenta pero inexorable.

La sensación, a veces, es la contraria,
de no transitar etapas, de pararse.
Puede congelarse un momento
en un delicado recuerdo eterno
y fluir en el deshielo de la memoria.
Lentamente, como lágrimas,
cae en pequeños pensamientos
formando surcos que desgarran,
lacerando la piel y la mente
que antaño fueron puro dolor
o sembrando de nuevo la evocación
de lo que fue una caricia para el ánima.

En esa dulzura intento permanecer
voluntariamente engañada,
como si aquel fuera un lugar
que pudieran tocar mis dedos,
como si ese fuera el hogar
en el que quisiera descansar el alma.

A veces…
a veces… aunque el tiempo pasa…
a menudo en mi existir se detiene,
y el reloj, frágil y desgastado,
abandona su compás, se queda quieto,
permaneciendo inmóvil la vida,
aguardando nuevos roces de alegría
entre suspiros de esperanza.

Publicado 13 marzo, 2012 por puck en Sin categoría

En un segundo.   2 comments

En un segundo.

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(Entiéndase hombre o mujer…)

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Tic

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Un hombre muere.

Un hombre nace.

Un hombre ríe.

Un hombre llora.

Un hombre tiene calor.

Un hombre tiene frío.

 

Un hombre piensa en sus padres.

Un hombre piensa en sus hijos.

Un hombre piensa en un amigo que ha partido.

 

A un hombre le cuesta pensar porque es pobre.

A un hombre le cuesta pensar porque es rico.

 

Un hombre cree en la guerra.

Un hombre cree en la paz.

Un hombre cree que algo debe cambiar.

 

A veces es el mismo hombre.

A veces es un hombre distinto.

A veces es un grupo de hombres,

todos humanos, ¡tan parecidos!.

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Tac

 

 

puck

Publicado 5 febrero, 2012 por puck en Sin categoría

Cuento de Navidad III   2 comments

Cuento de Navidad III

En la sala había una alegría desbordante. Habíamos recibido “El caballo de Troya” de manos de los americanos. Inventaron algo más sofisticado y nos dejaban la nave a cambio de otros utensilios. Crearon un sistema que aunque se viajase con ella no podía modificarse el pasado. Era una especie de borrador de huellas temporales. Así pensaban que no había riesgos de que alguien pudiera manejar la máquina para fines fuera de su alcance, aunque tenía que seguir siendo un secreto.

Mientras desenvolvían y desempolvaban las piezas pensaba que no sabía si podía seguir siendo un secreto con tantos como estábamos esperando recibir el invento. Tendría que ser un misterio muy compartido, como aquellos que “solo” se saben en un patio de vecinos.

Fue un poco complicado armarlo entero. Un puzzle bastante grande al que, como pasaba con las motos de mi pueblo, podría sobrarle alguna tuerca y funcionar sin saber qué sería lo siguiente que fallara. Pero no sucedió así, se montó perfectamente. Me recordaba un botijo sin asas, con patas y puerta. Y yo iba a “viajar” en él.

Como en el experimento inicial, no viajaba solo. Me acompañaría un hombre mayor, que había pasado muchos años en la marina. Curtido en cientos de experiencias era capaz de usar desde un sacapuntas hasta aquella nave tan compleja.

Sabíamos a qué tiempo y lugar nos dirigíamos, solamente por unas horas. Habían dilucidado por la “Sábana Santa” la hora del nacimiento de Jesús de Nazareth y recogeríamos constancia del hecho.

Debíamos partir y me encontraba muy nervioso. Pensaba en que podía quedárseme algún miembro por el “camino” o no volver nunca y perderme en alguna especie de limbo. El Lobo de Mar estaba a mi lado, aparentemente más tranquilo que yo. También había vivido más vida y menos podía perder, ese era mi extraño pensamiento.

El sistema inició el funcionamiento. Sentía como si estuviera actuando en una película. Sí, yo era un actor haciendo una españolada, Fernando Esteso, y el de mi lado era Pajares. Nos íbamos a divertir mucho.

Pasó más rápido de lo que esperaba. Aparecimos encima de un monte en un terreno árido. Me miré todo por si pudiera faltarme algo, incluido por dentro de los pantalones, y suspiré aliviado.

Ahora tocaba orientarnos hacia nuestro destino. Estaba anocheciendo y debíamos inspeccionar un área un poco extensa, dado que, aunque se sabía donde más o menos dónde ocurrió el nacimiento, no se conocía el lugar exacto.

Andamos durante largo rato y el tiempo transcurría sin darnos tregua. De pronto, atravesó el cielo una gran estrella fugaz perdiéndose en el horizonte. Una corazonada me decía que hacia ese punto debíamos andar. En el camino nos encontramos tres personajes con trajes estrafalarios que gracias a un chip implantado en nuestro cerebro pudimos entender y responder, haciendo una traducción simultánea de pensamientos y palabras. Decían venir de muy lejos y que usando la astrología y artes adivinatorias iban a encontrar al Rey de Reyes. Decidimos seguirles.

Se veía una pequeña aglomeración de casas con algunas paupérrimas luces. Andamos bordeando la población hacia un reducido valle rodeado de pequeños montes. Pude distinguir una semi-construcción, iluminada con una luz plateada. Miré hacia arriba buscando la luna llena, pero no la encontré. Sí que había un cielo magnífico e inmenso, envidia de astrólogos y soñadores, poblado de estrellas, una enorme justo encima.

Allí moraba gente. Me resultaba un poco violento acercarme siendo un perfecto desconocido, mas los tiempos también eran diferentes y quizás la hospitalidad también.
Los animales de nuestros acompañantes asustaron a los de los habitantes de aquellas paredes que servían para apenas cobijarse del frío. Se dirigieron un saludo. Daba la sensación de que nos esperaban por la sonrisa con la que nos acogían. Eran un hombre de mediana edad y una mujer joven que envolvía un bebé con mantas. Su semblante transmitía calma. Los hombres explicaron lo que sus artes adivinatorias les habían enseñado y el padre de la criatura les respondió que habían sido avisados también de lo especial que sería aquel niño. Nos abrió amablemente el paso para que pudiéramos verle bien. Nosotros fuimos los últimos. Íbamos oyendo expresiones de complacencia hasta que nos tocó. Me arrimé y busqué una pequeña cara entre toda la ropa. El niño me miró fijamente, con una leve sonrisa. Sus ojos brillaban en inocencia y candidez. Sentí pureza, y que mi presencia parecía profanar algo hermoso, vetado para un simple ser humano. Un sentimiento desconocido y turbador se apoderó de mí. Era la intensidad del momento, la paz, el amor, no había nada más que yo reflejándome en sus ojos, encontrando a través de aquel reflejo lugares inexplorados en mí. Podría intentar expresar tanta belleza comparándola con la naturaleza o bellos mundos, pero no tengo palabras para transmitirla. Era solo una sensación, un sentimiento, una emoción de regreso a casa. Duró unos instantes y marcó el resto de mi vida.

Volvimos a la nave y el regreso fue perfecto. Nos preguntaron y dimos toda clase de detalles sobre lo que habíamos visto y oído, pero no quedaron satisfechos, no fue suficiente. Continuaba siendo una cuestión de fe, algo que había que vivirlo en el interior, una elección personal, como siempre. Nada había cambiado. Ojala que, al igual que yo, un día todos puedan encontrar en algo o en alguien un espejo tan hermoso que refleje lo que ya llevamos dentro, una fuente infinita y desconocida de amor.

P.D. Por cierto, decían los americanos que no podía influirse en el pasado, no sé si era tan cierto. Últimamente leí en una enciclopedia que eran famosos los melocotoneros españoles en Belén. Le pregunté al Lobo de Mar si él sabía algo al respecto. Y es que aunque no nos habían dejado llevar comida para unas horas, el Lobo de Mar se había llevado unos melocotones porque sino decía que le bajaba el azúcar y había tirado el durazno y los muy delatores habían crecido dejando constancia de nuestro paso por allí sin que nadie pareciera darse cuenta, salvo nosotros.

Deseo que encuentres la fuente infinita de amor que mora en tu interior.
Feliz Navidad.
puck

Publicado 21 diciembre, 2011 por puck en Sin categoría

Corriente alterna, corriente continua.   2 comments

Agoniza la luz.

Se pierde temblando como la niña del cuento
entre exiguos escondrijos que conquista la noche.

Imitando al lobo en luna llena
aúllan mezclándose desnudos pensamientos
ensordeciendo contentos lo más íntimo del ser.

Dulces tormentos, momentos agrios,
risas y llantos propios y ajenos
intentan asustados refugiarse en un recuerdo.

Afanes pausados y deseos inminentes
esperan impacientes el intervalo del sueño.

El espíritu no evita mirarse en un etéreo espejo
que le devuelve su reflejo hacia dentro
y lo expulsa, rebotando una imagen a la deriva.

Un lamento encuentra su nacimiento profundo,
donde brota un río manso,
alimentado del deshielo del alma.
Como gotas de rocío, una a una,
se desmenuza cada pensamiento,
lento fluir callado y llorado,
helado en la nieve de frías sensaciones.
Va creciendo en un sinuoso recorrido,
pretendiendo parecerse al mar que intuye.

Aguas turbias y aguas claras,
alternándose según el pasado acaecido,
con gran ruido aumentan la corriente.
En una orilla deslumbra un ángel,
en la otra la oscuridad espera turno.
Se perciben en una guerra que nada gana.

El despertar del día anuncia tregua,
a la espera quedan el monólogo y la lucha.

Nace la luz.

Publicado 10 diciembre, 2011 por puck en Sin categoría

A mi pequeño coni.   3 comments

Te vas a los verdes pastos
donde moran pequeños animales.
Allí nada es bonito o feo,
nada es bueno o malo.

Una mariposa te espera,
para posarse en tu hocico rosa.
Nada duele,
podrás dar grandes saltos
y sacudir tus orejas de burrito
entre hierbas y margaritas,
confundirte con las nubes
y las alas de los ángeles
con tu suave pelaje blanco.

No hace ni frío, ni calor.
La luz siempre está en lo alto.
Si quieres puedes tener un sol
o una luna con estrellas,
y si lo deseas, alguna de ellas fugaz.

Y también dormirás, como ahora,
porque puedes ser el sueño
o soñar que alguna vez soñaste.
Ya nunca tendrás más dueño,
yo solo volveré a ser la dueña,
dueña del amor que siento.
Espérame allí al otro lado.

Te quiero mi niño conejito.

Publicado 2 diciembre, 2011 por puck en Sin categoría